Las altas temperaturas no solo derriten el asfalto. También alteran el equilibrio emocional, afectan al descanso y disparan los casos de ansiedad o trastornos del estado de ánimo, sobre todo en personas vulnerables o en aquellas con menos recursos económicos. La salud mental también sufre con las olas de calor, y no es una exageración: es una evidencia clínica cada vez más presente en consultas de psicología y psiquiatría.
Desde el centro de salud mental Fromm Bienestar, su director, Antonio Molina, educador social con más de 15 años de experiencia, asegura que “cada ola de calor se traduce en un aumento de pacientes con problemas para dormir, más irritabilidad y más riesgo de descompensación emocional, especialmente en personas con trastornos mentales previos, con alto nivel de estrés acumulado y aquellas que pertenecen a colectivos más vulnerables o tienen menos recursos económicos”. En este sentido, es clave subrayar que este problema que representa el calor excesivo del verano afecta mucho más a las personas que tienen menor poder adquisitivo. Las familias con recursos, con placas solares en casa y sin problemas para pagar mensualmente la factura de la luz, usan el aire acondicionado con normalidad e incluso a veces pueden disfrutar de piscinas, playa y muchas más facilidades para combatir el calor; mientras que quienes tienen menos poder económico, a menudo no disponen de climatización en casa, ni piscina, ni otras opciones que les permitan escapar de las altas temperaturas. Por lo que deben conformarse en muchas ocasiones con ventiladores y abanicos. Son las personas más pobres, junto a las personas que más sufren, las que padecen este problema en mayor medida.

Irritabilidad, insomnio y ansiedad: un cóctel que se intensifica con el calor
Durante el tiempo en el que estamos expuestos a temperaturas extremas, el cuerpo activa mecanismos de supervivencia que también alteran el sistema nervioso. El insomnio durante las noches con temperaturas mínimas demasiado elevadas, la falta de apetito, el agotamiento físico o la deshidratación afectan directamente al estado de ánimo y a la capacidad de autorregulación emocional.
“El calor nos vuelve más reactivos, más impacientes y menos tolerantes. Esto puede parecer normal, pero en personas con ansiedad, depresión o trastornos de conducta, puede convertirse en un detonante”, explica Lorena Ruiz, psicóloga y directora terapéutica del centro.
El calor, además, reduce el rendimiento cognitivo, dificulta la concentración y aumenta la sensación de colapso. Una combinación peligrosa que padecen especialmente las familias que son víctimas de la pobreza energética y que, por limitaciones económicas, no pueden hacer frente en igualdad de condiciones al cambio climático. “Estamos viendo casos de ataques de ansiedad asociados a una percepción de agobio físico que no se puede controlar. El calor no es solo una cuestión meteorológica, también es un factor psicológico”, insiste Lorena. También padecen esta dura realidad climática quienes tienen menos recursos físicos: menores, ancianos, embarazadas y personas con enfermedades, afecciones crónicas o respiratorias son algunos de estos colectivos.
El calor extremo y su relación con las adicciones
Las personas adictas entran dentro de ese grupo de personas más expuestas a los riesgos del calor extremo. El malestar emocional, la falta de sueño o la irritabilidad pueden actuar como desencadenantes de consumo en personas que ya estaban en proceso de recuperación. También factores como los cambios de hábitos.
“Muchos pacientes nos dicen que sienten que pierden el control en verano. Que no duermen bien, que se sienten raros, más tristes o más solos. El calor los desconecta, y en esa desconexión aparece el riesgo de volver a hábitos destructivos”, apunta Antonio Molina.
Las temperaturas demasiado elevadas cambian las rutinas y se escogen planes y hábitos que pueden perjudicar gravemente a quien está en pleno proceso de recuperación de una adicción. “Mayor tiempo de ocio, vacaciones o la exposición a dinámicas de consumo que se dan en lugares como bares nocturnos, discotecas, terrazas, etc.”, son, Según Antonio Molina, algunas de esos cambios que pueden perjudicar en verano a las personas con problemas de adicciones. Desde Fromm Bienestar sugieren alternativas para escapar de manera positiva a las altas temperaturas, sobre todo para quienes tienen menos recursos y no cuentan con aire acondicionado ni piscina en casa. Cualquier modalidad deportiva a primera o a última hora del día, un rato de lectura en la biblioteca y una mañana o una tarde noche en el parque son planes muy recomendables para el adicto en recuperación que quiere combatir las olas de calor sin entrar en hábitos negativos.
@frommbienestar
😎¿Te has sentido más cansado, irritable o desconectado de ti mismo/a últimamente? Puede que no sea solo el calor. Puede que tu mente también esté intentando regularse… y esté agotada.
🌡️ Las olas de calor no afectan solo al cuerpo. Afectan al estado de ánimo, al sueño, a la capacidad de concentración… y a cómo nos hablamos internamente.
✨ Recordatorio importante: Tu mente también necesita pausas. No estás fallando: te estás adaptando. Y eso también es salud.
👉 ¿Te ha pasado? ¿Has notado cambios en tu estado emocional con el calor? Cuéntamelo en comentarios o compártelo con alguien que lo necesite hoy.#calor
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Una mirada climática, emocional y social
La salud mental del siglo XXI no puede analizarse sin tener en cuenta el impacto ambiental. Desde la Organización Mundial de la Salud ya se advierte que el cambio climático es una de las mayores amenazas para la salud global, y eso incluye también la salud psicológica.
“Necesitamos integrar una visión climática en la salud mental. No solo por los efectos del calor, sino por la ecoansiedad, el estrés postclimático y la sensación de vivir en un mundo en constante emergencia. Las temperaturas extremas son parte de una crisis mayor que también nos atraviesa emocionalmente”, concluye Lorena Ruiz.
El mensaje de Fromm Bienestar es claro: cuidar la salud mental también pasa por cuidar el entorno. Y adaptarse emocionalmente a un clima que ya ha cambiado no es una cuestión de voluntad, sino de supervivencia emocional. Por ello, ante el calor extremo no deberían existir privilegios de clases, y todo el mundo, independientemente de la capacidad económica, debería tener acceso a los recursos esenciales -aire acondicionado, por ejemplo- para combatir las altas temperaturas.
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